El Censo 2024 del Instituto Nacional de Estadística (INE) demostró que más del 65% de la población está en edad productiva, mientras que el grupo de 0 a 14 años representa el 27% del total (INE, 2025). Este bono demográfico representa una oportunidad histórica, pero que necesita verse reflejada en la política nacional.

La juventud no debe definirse únicamente como energía biológica, sino como una mirada transformadora hacia el futuro. Un liderazgo joven se mide por su capacidad de proyectar sostenibilidad, inclusión y justicia intergeneracional. Como advierte la OECD, los sistemas de gobernanza que no integran la voz de las nuevas generaciones pierden legitimidad frente a desafíos como el cambio climático o la inequidad (OECD, 2020).
El desencanto político juvenil es evidente. Según El País (2025), el 40% del padrón electoral está compuesto por jóvenes que no encuentran representación, aunque participan activamente en redes y foros. En este contexto, el relevo generacional no es un lujo, sino una urgencia democrática. Abrir paso a nuevas voces no significa improvisar, sino reconocer que Bolivia necesita liderazgos frescos, éticos y con visión de país.
La renovación, sin embargo, no se reduce al reemplazo de rostros. Formar liderazgos jóvenes con visión de país es la única forma de asegurar instituciones más sólidas y un futuro sostenible. En Bolivia ya existen experiencias valiosas: el PNUD impulsa jornadas de formación en incidencia política y participación ciudadana; IRFA fortalece liderazgos diversos en talleres de gobernanza; Aspire Leaders fomenta habilidades de comunicación y resiliencia; mientras redes internacionales como JCI y AIESEC conectan a jóvenes con experiencias globales de liderazgo. A su vez, grupos como los Scouts de Bolivia también forman líderes desde la acción concreta en servicio comunitario.
Estas iniciativas muestran que la juventud boliviana está en proceso de preparación, con semillas de un liderazgo distinto. El desafío está en seguir formando, ampliar oportunidades y, sobre todo, abrir espacios reales de participación. Ese proceso debe ir acompañado por la construcción de instituciones sólidas, capaces de trascender coyunturas electorales y sostener políticas públicas hacia un desarrollo sostenible (social, ambiental y social).
La construcción de instituciones sólidas es un requisito indispensable para un país viable. El ODS 16 lo recuerda al señalar que la paz, la justicia y las instituciones sólidas son pilares del desarrollo sostenible. La experiencia latinoamericana demuestra que, cuando estas son débiles, incluso los liderazgos renovadores terminan atrapados en dinámicas de personalismo y polarización. Daron Acemoglu y James Robinson, en Why Nations Fail, muestran que las naciones progresan cuando desarrollan instituciones inclusivas, que distribuyen el poder y generan incentivos a la educación, la innovación y la inversión; pero fracasan cuando prevalecen instituciones extractivas, que concentran beneficios en pocos y reproducen desigualdad. Bolivia enfrenta este dilema: fortalecer instituciones que trasciendan coyunturas y permitan que los nuevos liderazgos jóvenes florezcan con legitimidad y sostenibilidad.
Bolivia es un país joven, pero sus liderazgos políticos están llamados a renovarse. La juventud debe formarse, empoderarse y decidirse a lograr una nueva Bolivia y el país podría apostar por jóvenes que se están preparando para construir el futuro. La decisión no es solo política, es histórica: abrir paso y formar liderazgos jóvenes con visión de país, junto al fortalecimiento de instituciones sólidas, es la condición para que Bolivia avance hacia una democracia renovada y sostenible.
Pamela Michel Lizarazu
DIRECTORA EJECUTIVA
Fundación VIVA








































































































































