
Hace algunos meses escribí un artículo titulado “Los bolivianos no lloran, los bolivianos facturan”. Lo escribí convencida de algo en lo que todavía creo: si hay una virtud casi milagrosa en Bolivia, es esa capacidad que tenemos de encontrar salida donde a primera vista no hay puerta, ni ventana, ni plano aprobado por la Alcaldía.
Cuando faltan dólares, alguien consigue dólares. Nadie sabe bien cómo, pero consigue. Cuando falta un producto, alguien lo trae. Cuando una puerta se cierra, siempre aparece algún boliviano intentando abrir una ventana, una rendija o si hace falta, rompiendo la pared.
Somos expertos en resolver.
Lo raro, o quizás lo tristemente coherente, es que también somos extraordinarios para fabricarnos los problemas que después celebramos haber sobrevivido. Y estos últimos 50 días fueron una obra maestra.
Mientras una parte del país discutía quién tenía la razón, la otra parte intentaba resolver preguntas bastante menos filosóficas: dónde conseguir gasolina, cómo abastecer un negocio, cómo hacer llegar mercadería y cómo trabajar sin que trabajar se convierta en una prueba de supervivencia. Porque una cosa es opinar de política con aire acondicionado, un café expreso doble y señal de Wi-Fi y otra muy distinta es descubrir que el pollo subió como si viniera importado de Dubái, que la gasolina desapareció con más talento que algunos funcionarios, o que un tratamiento médico quedó atrapado detrás de un bloqueo con bandera, megáfono y discurso.
Hay algo profundamente absurdo en impedir el paso de alimentos para reclamar por la falta de comida. En cerrar rutas de combustible para protestar por la escasez de gasolina. En paralizar la economía para exigir mejores condiciones económicas. Dicho así, parece un examen de lógica mal resuelto. Pero durante semanas fue nuestra vida.
Y tal vez lo más grave no sea que haya pasado. Lo más grave es que ya casi no nos sorprende. Estamos tan acostumbrados a los bloqueos que los incorporamos al paisaje nacional. Están ahí, al lado de los mercados, los micros, los baches, las discusiones eternas sobre fútbol y esas sobremesas familiares donde todos tienen una teoría impecable sobre por qué Bolivia no despega.
Spoiler: quizá no despega porque cada cierto tiempo alguien decide cerrar la pista. Y nosotros, en vez de indignarnos, nos volvemos expertos en sobrevivir el bloqueo: ¿por dónde se puede pasar?, ¿quién tiene gasolina?, ¿qué proveedor logró cruzar?, ¿hasta cuándo aguantamos?
Como si vivir así fuera normal. No gente, no es normal.
Durante estos días escuchamos cifras de pérdidas económicas, camiones parados, exportaciones detenidas, alimentos pudriéndose, combustibles atrapados, hospitales presionados y millones de dólares que el país dejó de generar.
Todo eso importa. Pero las cifras tienen un defecto: no duelen.
Lo que duele es la señora que tuvo que pagar el triple por el pollo para hacerle una sopa a sus hijos. El papá que estuvo horas en la cola de gasolina para poder trabajar. El pequeño comerciante que perdió mercadería porque su negocio no tiene espalda financiera ni comité de crisis. El agricultor que vio cómo su producción se quedaba parada mientras algunos hablaban en nombre del pueblo. El paciente que descubrió de golpe que la logística también puede ser un problema de salud.
Y sí, las estadísticas explican, pero las historias humanas acusan.
Esta crisis está llena de historias que difícilmente van a aparecer en informes económicos, porque ningún excel sabe medir la angustia de una madre buscando comida, la rabia silenciosa del que abrió su negocio sabiendo que igual no iba a poder vender, o el cansancio de los que se levantan a producir en un país que a veces parece hacer todo lo posible para impedirles hacerlo.
Durante años dijimos que el problema de Bolivia era la falta de inversión. Después dijimos que era la falta de dólares. Después, la falta de gasolina. Ahora pienso que nuestro problema más caro es otro: la facilidad obscena con la que permitimos que cualquier desacuerdo se convierta en una parálisis nacional.
Ningún país puede desarrollarse si cada conflicto termina bloqueando carreteras. Ninguna economía puede crecer si cada diferencia interrumpe el trabajo de millones de personas. Y ninguna sociedad puede prosperar si para demostrar un punto termina pegándose un tiro en el pie y después exige aplausos por su capacidad de caminar cojeando.
Lo más paradójico es que la parte más difícil de esta crisis probablemente todavía no llegó. Existe una ilusión muy boliviana de creer que el problema termina cuando se levanta el bloqueo. Como si abrir una carretera tuviera la capacidad mágica de borrar todo lo que se rompió mientras estuvo cerrada.
Ojalá.
Pero los que trabajamos cerca de cadenas de abastecimiento sabemos que una crisis no termina cuando se abre una ruta. Termina cuando vuelve a funcionar todo lo que no funcionó cuando esa ruta estuvo bloqueada. Y eso puede tomar meses.
Mientras discutíamos si el bloqueo era legítimo, ilegítimo, necesario, inevitable, patriótico o simplemente parte del folclore nacional, miles de pedidos se retrasaron. Materias primas no llegaron. Mercadería terminó donde no debía estar. Almacenes quedaron vacíos. La producción se frenó. Las ventas se perdieron. Y la confianza, esa materia prima invisible que ningún gobierno sabe importar, recibió otro golpe.
Ahora que las rutas vuelvan a la normalidad, todos vamos a intentar recuperar el tiempo perdido al mismo tiempo. Vamos a competir por los mismos camiones, los mismos choferes, las mismas rutas y los mismos tiempos. Ahí viene la segunda factura de esta crisis: una presión logística que va a seguir golpeando costos, abastecimiento y operaciones mucho después de que desaparezcan los titulares.
Porque las crisis tienen esa mala costumbre: nunca muestran toda la cuenta de una sola vez. Primero te cobran en escasez. Después en precios. Después en retrasos. Después en empleos. Y al final te cobran en confianza, que es la factura más cara porque nadie la repone con un camión cisterna.
Mientras tanto, Bolivia llegó al punto de discutir medidas extraordinarias para garantizar algo tan básico como la libre circulación. ¿Se dan cuenta? Un país con millones de hectáreas productivas y una vocación emprendedora reconocida terminó necesitando mecanismos excepcionales para asegurar que un camión pueda llevar alimentos de una ciudad a otra.
Si alguien hubiera descrito esta escena hace treinta años, habría sonado a sátira. Hoy suena a lunes.
Y eso nos tiene que incomodar. No porque el conflicto social no tenga causas reales. Las tiene. Claro que las tiene. Bolivia no llegó hasta aquí por casualidad ni por mala suerte. Hay abandono, hay desigualdad, hay rabia acumulada, hay sectores que sienten que nadie los escucha hasta que bloquean.
Pero entender una causa no significa justificar cualquier método. Una cosa es protestar. Otra cosa es secuestrar la vida diaria de millones de personas y llamarlo conciencia social.
Hay preguntas que deberíamos hacernos sin tanto miedo a incomodar. ¿Qué país queremos construir? ¿Uno que admira la capacidad de su gente para trabajar o uno que periódicamente lo hace imposible?
Los bolivianos tenemos una capacidad enorme para resistir. Resistimos tanto que a veces parece que confundimos resistencia con destino. Y ahí está el peligro. Porque resistir
suena heroico. Tiene orgullo. Tiene medalla invisible. Tiene “aura”, como dice mi hijo de 16 años. Pero ningún país debería vivir permanentemente resistiendo. Un país también tiene que poder avanzar.
Yo sigo creyendo que los bolivianos no lloran. Lo veo todos los días. Lo veo en el emprendedor que sigue apostando por su negocio, aunque el contexto le juegue en contra. En el agricultor que vuelve a sembrar después de perder una cosecha. En la familia que vuelve a empezar después de cada golpe. En la gente que trabaja mucho más de lo que se queja.
Esos bolivianos existen. Y son mayoría. Pero también existen los otros: los que hablan en nombre del pueblo mientras lo perjudican; los que confunden presión con destrucción; los que creen que bloquear es una forma de liderazgo; los que convierten una carretera en rehén y luego llaman conciencia social al secuestro.
Quizás ya va siendo hora de decirlo sin tanto cuidado: bloquear un país no es hacer política. Es secuestrar la vida de la gente.
Después de estos 50 días, la verdadera pregunta no es quién ganó. Tampoco quién perdió. La verdadera pregunta es qué vamos a hacer para que esto no se repita en 90 días. Porque salir de una crisis siempre es posible. Bolivia lo ha demostrado demasiadas veces. La prueba de madurez es otra: aprender a no fabricar la próxima.
Y ahí la responsabilidad no puede seguir siendo una pelota que se patea de un lado al otro. El Gobierno tiene que garantizar algo tan básico —y tan revolucionario en estos días— como que un boliviano pueda circular, producir, transportar, vender, comprar, curarse y trabajar sin pedir permiso en una tranca.
Los empresarios también tenemos que hacer nuestra parte. No solo quejarnos del país difícil, tenemos que apostar por construir uno donde trabajar sea menos heroico y más normal. Invertir mejor. Formalizar más. Cuidar empleos. Exigir reglas claras. Decir las cosas de frente. Y entender que producir en Bolivia no puede seguir siendo un acto de fe.
Los dirigentes sociales tendrán que decidir si quieren representar al pueblo o seguir castigándolo para demostrar fuerza. Y los ciudadanos tendremos que dejar de normalizar lo inaceptable, porque cada vez que decimos “así nomás es”, le estamos firmando el permiso a la próxima crisis.
Hace algunos meses escribí que los bolivianos no lloran, los bolivianos facturan. Hoy quiero agregar algo más: los bolivianos seguimos facturando, seguimos produciendo, seguimos trabajando, seguimos encontrando la manera. Pero quizás ya va siendo hora de aspirar a algo más grande que sobrevivirnos unos a otros.
Yo anhelo un país donde ser pobre no signifique estar condenado a la rabia. Donde querer salir adelante no sea visto como traición de clase. Donde el que logró avanzar no se crea superior, pero tampoco tenga que pedir perdón por lograrlo. Donde los empresarios entiendan que no basta con facturar si alrededor todo se cae. Y donde el Gobierno entienda que sacar a un país de la pobreza no se logra castigando al que produce, sino haciendo que producir, invertir y trabajar deje de parecer una carrera con minas en el camino.
Bolivia no necesita más héroes sobreviviendo al desastre.
Necesita adultos construyendo el camino. No bloqueándolo. No dinamitándolo. No usándolo como rehén cada vez que alguien quiere demostrar poder. Necesita un país por donde pueda pasar el que produce, el que estudia, el que vende, el que cura, el que transporta y el que sueña con dejar de ser pobre sin tener que odiar al que ya pudo lograrlo.
Porque si Bolivia algún día quiere salir de verdad, no va a ser llorando. Pero tampoco va a ser bloqueando. Va a ser trabajando. Y dejando trabajar.







































































































































